La citá alta mira al cielo y el resto duerme en el valle. La vieja muralla se encarama en la roca y queda pendida, en frágil equilibrio. Marcello levanta la vista y la pendiente se le clava en los ojos. Sonríe y gira de nuevo la ruleta del viejo transistor. Es pronto y hace frío. La espesa bruma se ha desprendido del cielo y se agarra a los huesos y a los altos, modernos, edificios de la citá bassa.
Se abrocha la cremallera, para que el gélido invierno no le arrebate el poco calor que conserva de las sábanas que ha dejado cubriéndola. Se permite recordarla, sólo un momento. Giovanna… Siempre le da ánimos para seguir... al borde del abismo… Hasta la noche, cuando vuelven las caricias y las manos se le inundan de dulzura, de momentos compartidos (que al final… son los que hacen que todo merezca la pena).
Todavía no ha llegado Claudia ni el signore Panna. La chica de la taquilla acaba de abrir la pequeña ventana asomada a la plaza. Marcello se mira las manos y suspira. Con la mirada perdida contempla el día que viene. Arriba... lentamente suave y renqueante a la vez. Abajo deslizándose en picado. El hombre del funicular repite cada 10 minutos 100 metros, pendiente al 50%. Cuatro viajes a la hora. Dos hacia arriba. Dos hacia abajo. Veinticuatro viajes al día. Acompañado por conocidos y turistas. Sólo (¿o era Solo?) con retazos de vidas mínimas en historias interrumpidas.
Como siempre… 15 minutos de espera antes de que llegue la hora. 15 minutos que en estos días de sueños marchitados se dilatan como las vías del tren con el calor. Tiene la buena (o mala) costumbre de llegar pronto. Más por temor a llegar tarde que por otra cosa. No le gusta que lo esperen. 15 minutos en los que tiene tiempo para (escucharse) respirar, para mirar hacia abajo… qué pequeña parece la ciudad. 15 minutos para que su “tren de juguete” (así le gusta llamarlo) se llene de gente apresurada y distante. 15 minutos que, como cada día, terminan con el sonido de las llaves girando en la cerradura y con el chirriar de la (sorprendentemente) ligera puerta metálica (“habrá que engrasarla” –piensa-).
Algunos saludos. El tiempo. Educación. Palabras convencionales que sólo sirven para ablandar el vacío de la cabina, la incómoda sensación de los extraños que comparten brevemente un espacio demasiado pequeño para sus egos hinchados. Mudos, casi todos lo miran con conmiseración... ¡qué tortura! Repitiendo el breve trayecto una y otra vez como un Sísifo redivivo. Condenado a no acabar nunca, a no llegar más allá.
A veces, por un momento le da la sensación de que las vías se ensanchan y el “tren de juguete” va a “echar ruedas” (como las plantas “echan raíces”) y a salirse del camino establecido, de la norma, de la rutina. Pero como la mayoría de las ilusiones, se le derrite en el alma, igual que un helado puesto al sol. Entonces se siente triste. Pero sólo un instante. No puede (no quiere) permitírselo.
El hombre del funicular tiene un punto diminuto, casi invisible, de luz en la mirada. Guarda en su sonrisa más amable que sincera el secreto de almas atormentadas, el corazón de seres inconexos cuya existencia dura apenas 10 minutos...
10 minutos infinitos en los que tiene tiempo de observar, de aprender… Muchas de las caras tristes, sonrientes, enfadadas, o simplemente adormiladas (y es que a estas horas “aún no han puesto las calles”) ya le son familiares. Literalmente. Casi se convierten sin querer en su familia diaria. Cree conocer en secreto parte de sus historias, de vidas que pasan casi sin dejar huella por su propia historia, por su cuento interminable. Le gusta imaginar cómo serán, qué harán durante el día… Así pasan las horas… ¿Tendrán una vida aburrida y monótona como la suya? ¿Tendrán alguien que los espere en casa al anochecer… para curar las heridas del tiempo vacío? Algunos le sonríen a modo de despedida… como todos los días… hasta mañana.
PepeCris
jueves, 5 de abril de 2007
CAPITULO II
Claudia es una chica tan delgada que parece a punto de quebrarse. Su cuerpo frágil, encogido contrasta con la luz de su mirada, con la dureza de su rostro, con lo afilado del gesto en los labios cuando sonríe cada mañana al sentarse siempre en el primer asiento, a la izquierda, con la nariz pegada al cristal. Estudia algo de letras, siempre anda enterrada en libros y papeles, carpetas, bolsas de papel llenas de recortes, apuntes, palabras... Marcello sabe que Claudia, como todos, oculta un secreto. La observa desde hace dos años tomar el funicular cada mañana en el primer viaje hacia la citá alta y regresar cuando el sol se ha apagado y la vista de la ciudad se convierte en un océano de brillos artificiales de la citá bassa. Claudia alberga sentimientos oscuros, aunque quizá no lo son tanto. Quizá es sólo la neblina que siempre cubre la ciudad la que se le ha calado en el alma y no le deja abrir las alas. Claudia no habla con mucha gente. Por eso Marcello se siente privilegiado cada vez que ella se levanta en el breve trayecto de 10 minutos, se agarra al asidero a su lado y, con la mirada en "lo infinito" le cuenta el último viaje que nunca hizo, el último libro que sí ha leído, el último deseo, la siempre penúltima decepción. -Marcello nunca tengas hijas. Somos complicadas. Nunca estamos satisfechas. La mujer es un ser incompleto no por castigo divino, sino por vocación... Nos resistimos a aceptar la vida así escuálida. Buscamos tanto que a veces reventamos por el camino. No creas que estoy resentida. Sólo cansada, infinitamente cansada.
Il signore Panna sólo tiene un abrigo y dos trajes. Uno para el frío invierno que ahora tiene a la ciudad atrapada entre sus garras, otro para el amable verano que resulta inútil y anacrónico. Desde que perdió a su mujer los trajes son aún más viejos y arrugados. El abrigo, remendado por el viejo sastre, esconde las miserias de una vida que cojea del pie izquierdo. Parece que habla solo aunque Marcello sabe que esas palabras son para ella (la ausencia, la soledad, la amada) y para él (el confidente, el reflejo, el pozo). Susurra siempre brevísimas historias que nunca acaban... -Le encantaba pintarse las uñas. Aunque no tuviera que ir a ningún sitio jamás la vi con las manos sin pintar. Cada día un color, cada emoción una tonalidad diferente de rojos, rosados, fucsias, malvas... Con el único que no se atrevió fue con el negro. Si viera ahora a esa chica delgada que siempre viaja de pie, envuelta en papeles y con la mirada perdida... Su mirada tenía el color del esmalte. Cada mañana me preguntaba cómo sería aquel día reflejado en sus ojos. Aún me lo pregunto.
Pepe
Il signore Panna sólo tiene un abrigo y dos trajes. Uno para el frío invierno que ahora tiene a la ciudad atrapada entre sus garras, otro para el amable verano que resulta inútil y anacrónico. Desde que perdió a su mujer los trajes son aún más viejos y arrugados. El abrigo, remendado por el viejo sastre, esconde las miserias de una vida que cojea del pie izquierdo. Parece que habla solo aunque Marcello sabe que esas palabras son para ella (la ausencia, la soledad, la amada) y para él (el confidente, el reflejo, el pozo). Susurra siempre brevísimas historias que nunca acaban... -Le encantaba pintarse las uñas. Aunque no tuviera que ir a ningún sitio jamás la vi con las manos sin pintar. Cada día un color, cada emoción una tonalidad diferente de rojos, rosados, fucsias, malvas... Con el único que no se atrevió fue con el negro. Si viera ahora a esa chica delgada que siempre viaja de pie, envuelta en papeles y con la mirada perdida... Su mirada tenía el color del esmalte. Cada mañana me preguntaba cómo sería aquel día reflejado en sus ojos. Aún me lo pregunto.
Pepe
lunes, 2 de abril de 2007
CAPÍTULO III
Claudia no ha subido hoy a primera hora como de costumbre. El primer día en 2 años. Marcello se pregunta dónde estará. Si estará bien. -¿Le habrá pasado algo? ¿Estará enferma? Quizá se ha quedado dormida… No. Claudia es desordenada, pero nunca se queda dormida (al menos no accidentalmente). Puede que hoy no tenga que subir… No, no puede ser... Me lo habría dicho. ¿Dónde se habrá metido?- Con las manos frías sobre los mandos (ya demasiado conocidos) de su “pequeño” tren, Marcello se sorprende preocupándose por una extraña que ya no lo es. Se ha acostumbrado a sus pocas pero sentidas palabras, a su pausada melancolía… al horizonte inalcanzable (o eso parece) de su mirada…
Ahí está el signore Panna. Lleva puesto su traje gris (el de invierno), el abrigo que hoy no es suficiente para quitar el frío, y la misma bufanda desgastada que ayer. La misma de siempre. La que ella le regaló. La hizo con sus manos fuertes y seguras. La recuerda sentada en el sillón, con las agujas del número 2 y aquellas lanas de colores revueltas entre los cojines… Marcello lo escucha hablar… -Siempre sonreía y canturreaba mientras hacía punto. Para mí eso eran “cosas de abuelas”. Pero a ella le encantaba. Me dijo que era para alguien muy especial. Un día me la puso al cuello. Entonces la besé y la abracé con todas mis fuerzas. Ella se apartó con una mueca de dolor. La estaba ahogando. Nos reímos tanto… Le prometí que la llevaría siempre que tuviera frío. Todavía conserva su calor, la suavidad de sus manos...- Aún pronunciando estas palabras, el signore Panna cojea hacia la puerta y baja del funicular. Marcello permanece quieto, la mirada clavada en su bufanda, en recuerdos desconocidos que ya empiezan a ser suyos.
9 minutos 30 segundos de bajada cuando ve a Claudia. Quieta. Esperando. Con la vista en el suelo y las manos en los bolsillos. Detiene el funicular. Esta vez la puerta de la cabina ha quedado demasiado lejos de la línea amarilla. A veces se divierte apostando para sí mismo, intentando calcular la distancia, cada vez más precisa. Ahora no le apetece jugar… Claudia sube hoy en el segundo viaje rumbo a la citá alta. No ocupa su sitio de siempre. Se deja caer como un saco en un asiento, al fondo, al lado de esa señora que sólo coge el funicular los días pares, siempre con su carrito de la compra y la cara tan pintada que casi parece una muñeca de porcelana. Marcello mira hacia Claudia y la saluda. Ella no le mira, no se mueve. Igual no le ha visto… Sí le ha visto. Claro que le ha visto. Pero hoy no tiene las fuerzas necesarias para “enfrentarse” a él, a su intensa mirada… No tiene el valor para decir una mentira -estoy bien- y mucho menos para hablar… En realidad las palabras se la comen por dentro y le gustaría acercarse y contarle todo eso que da vueltas en su cabeza. Pero llorará. Y entonces no podrá parar. Y no quiere… Este asiento parece mucho más incómodo que su sitio de siempre, el de la primera fila, donde no está sola. Con una punzada de dolor, entierra sus ojos en los papeles y espera que los 10 minutos pasen lo más deprisa posible. En silencio.
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Cris
Ahí está el signore Panna. Lleva puesto su traje gris (el de invierno), el abrigo que hoy no es suficiente para quitar el frío, y la misma bufanda desgastada que ayer. La misma de siempre. La que ella le regaló. La hizo con sus manos fuertes y seguras. La recuerda sentada en el sillón, con las agujas del número 2 y aquellas lanas de colores revueltas entre los cojines… Marcello lo escucha hablar… -Siempre sonreía y canturreaba mientras hacía punto. Para mí eso eran “cosas de abuelas”. Pero a ella le encantaba. Me dijo que era para alguien muy especial. Un día me la puso al cuello. Entonces la besé y la abracé con todas mis fuerzas. Ella se apartó con una mueca de dolor. La estaba ahogando. Nos reímos tanto… Le prometí que la llevaría siempre que tuviera frío. Todavía conserva su calor, la suavidad de sus manos...- Aún pronunciando estas palabras, el signore Panna cojea hacia la puerta y baja del funicular. Marcello permanece quieto, la mirada clavada en su bufanda, en recuerdos desconocidos que ya empiezan a ser suyos.
9 minutos 30 segundos de bajada cuando ve a Claudia. Quieta. Esperando. Con la vista en el suelo y las manos en los bolsillos. Detiene el funicular. Esta vez la puerta de la cabina ha quedado demasiado lejos de la línea amarilla. A veces se divierte apostando para sí mismo, intentando calcular la distancia, cada vez más precisa. Ahora no le apetece jugar… Claudia sube hoy en el segundo viaje rumbo a la citá alta. No ocupa su sitio de siempre. Se deja caer como un saco en un asiento, al fondo, al lado de esa señora que sólo coge el funicular los días pares, siempre con su carrito de la compra y la cara tan pintada que casi parece una muñeca de porcelana. Marcello mira hacia Claudia y la saluda. Ella no le mira, no se mueve. Igual no le ha visto… Sí le ha visto. Claro que le ha visto. Pero hoy no tiene las fuerzas necesarias para “enfrentarse” a él, a su intensa mirada… No tiene el valor para decir una mentira -estoy bien- y mucho menos para hablar… En realidad las palabras se la comen por dentro y le gustaría acercarse y contarle todo eso que da vueltas en su cabeza. Pero llorará. Y entonces no podrá parar. Y no quiere… Este asiento parece mucho más incómodo que su sitio de siempre, el de la primera fila, donde no está sola. Con una punzada de dolor, entierra sus ojos en los papeles y espera que los 10 minutos pasen lo más deprisa posible. En silencio.
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Cris
CAPÍTULO IV
Il signore Panna lleva agarrado en la bufanda todo el amor del que es capaz el ser humano... Lleva la vida ondeando al viento frío del invierno. La mirada de Marcello se ha quedado enredada en los flecos de lana de la bufanda... Hubiera querido dejarse llevar, dejar que su alma se deslizara prendida a la tinta de sus ojos y seguirlo en silencio. Hasta el cementerio. Hasta la piedra fría siempre pintada de claveles rojos, frescos cada mañana. Dejar que el murmullo de sus palabras le arrullara allí de pie, de espaldas al frío. Asistir de tapadillo al diálogo de los esposos, los reproches, los mimos, las risas y las protestas... Quedarse allí, acurrucado y colarse en el bolsillo de la chaqueta para volver a casa a descubrir su secreto... Aún no se lo ha oontado a ella. No se atreve. O tal vez no quiere que se haga ilusiones. Quizá más adelante... Si todo sigue así... Si no se equivocan...
Claudia sale disparada como un resorte desdiciendo el aspecto mortecino de su actitud en el viaje. La energía recobrada la deja posada en el empinado andén y entonces le mira. No le sostiene la mirada porque Marcello revisa los mandos, las puertas, los cierres... Tal vez le diga, tal vez le cuente... Quizás él entendería... Aprieta los papeles contra su pecho y gira hacia la torre del Duomo que guía sus pasos hacia la facultad.
Claudia sale disparada como un resorte desdiciendo el aspecto mortecino de su actitud en el viaje. La energía recobrada la deja posada en el empinado andén y entonces le mira. No le sostiene la mirada porque Marcello revisa los mandos, las puertas, los cierres... Tal vez le diga, tal vez le cuente... Quizás él entendería... Aprieta los papeles contra su pecho y gira hacia la torre del Duomo que guía sus pasos hacia la facultad.
CAPÍTULO V
Aunque le pese, aunque se le haga difícil y le cueste un mundo salir de la cama cada mañana, tendrá que seguir yendo a clase. -No voy a dejarlo todo ahora. No después de tanto esfuerzo…- Es lo que quiere, lo único que algunas veces la mantiene pegada a la realidad, donde tiene la sensación de que sus pies pisan suelo firme. Pero no es seguridad lo que busca entre sus papeles, sus carpetas, sus recortes, las palabras que parecen extraviarse cada vez más a menudo… En realidad sólo busca no dejar de ilusionarse, no perder las ganas de seguir caminando pese a todo. Piensa en Marcello, en su interminable viaje inclinado. Intenta imaginar la cara que pondrá si se lo cuenta… -Sí. Seguro que lo entiende…
Il signore Panna aún no lo sabe, pero no se equivocan. Las últimas pruebas no dejan lugar a dudas. Podría cambiar sólo un número y las cosas serían tan distintas… Hoy tiene que ir… hoy le dirán… No sabe si prefiere un sí o un no. Aunque tiene tantas ganas de verla… Pero no está en su mano decidir. Tendrá que adaptarse… sea lo que sea. Un golpe de viento frío y seco le devuelve a la mañana que avanza con pasos de gigante. Suenan campanas… que en el cementerio parecen ser la única música que calma el dolor, el silencio de tantas vidas… -Llego tarde.- Igual ha sido Marcello el que le ha “avisado”, aún agazapado en cualquier rincón de cariño que ha podido encontrar, en los pliegues cálidos de su desgastada ropa. Se despide con torpeza (teme que ella lo note…) y se marcha con sus pasos siempre forzados e irregulares, con el olor a claveles frescos impregnando su traje. -Claveles rojos… los que más le gustan. Nunca quería rosas… “porque están muy vistas”, “porque pinchan”.
CRIS
Il signore Panna aún no lo sabe, pero no se equivocan. Las últimas pruebas no dejan lugar a dudas. Podría cambiar sólo un número y las cosas serían tan distintas… Hoy tiene que ir… hoy le dirán… No sabe si prefiere un sí o un no. Aunque tiene tantas ganas de verla… Pero no está en su mano decidir. Tendrá que adaptarse… sea lo que sea. Un golpe de viento frío y seco le devuelve a la mañana que avanza con pasos de gigante. Suenan campanas… que en el cementerio parecen ser la única música que calma el dolor, el silencio de tantas vidas… -Llego tarde.- Igual ha sido Marcello el que le ha “avisado”, aún agazapado en cualquier rincón de cariño que ha podido encontrar, en los pliegues cálidos de su desgastada ropa. Se despide con torpeza (teme que ella lo note…) y se marcha con sus pasos siempre forzados e irregulares, con el olor a claveles frescos impregnando su traje. -Claveles rojos… los que más le gustan. Nunca quería rosas… “porque están muy vistas”, “porque pinchan”.
CRIS
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