lunes, 2 de abril de 2007

CAPÍTULO III

Claudia no ha subido hoy a primera hora como de costumbre. El primer día en 2 años. Marcello se pregunta dónde estará. Si estará bien. -¿Le habrá pasado algo? ¿Estará enferma? Quizá se ha quedado dormida… No. Claudia es desordenada, pero nunca se queda dormida (al menos no accidentalmente). Puede que hoy no tenga que subir… No, no puede ser... Me lo habría dicho. ¿Dónde se habrá metido?- Con las manos frías sobre los mandos (ya demasiado conocidos) de su “pequeño” tren, Marcello se sorprende preocupándose por una extraña que ya no lo es. Se ha acostumbrado a sus pocas pero sentidas palabras, a su pausada melancolía… al horizonte inalcanzable (o eso parece) de su mirada…

Ahí está el signore Panna. Lleva puesto su traje gris (el de invierno), el abrigo que hoy no es suficiente para quitar el frío, y la misma bufanda desgastada que ayer. La misma de siempre. La que ella le regaló. La hizo con sus manos fuertes y seguras. La recuerda sentada en el sillón, con las agujas del número 2 y aquellas lanas de colores revueltas entre los cojines… Marcello lo escucha hablar… -Siempre sonreía y canturreaba mientras hacía punto. Para mí eso eran “cosas de abuelas”. Pero a ella le encantaba. Me dijo que era para alguien muy especial. Un día me la puso al cuello. Entonces la besé y la abracé con todas mis fuerzas. Ella se apartó con una mueca de dolor. La estaba ahogando. Nos reímos tanto… Le prometí que la llevaría siempre que tuviera frío. Todavía conserva su calor, la suavidad de sus manos...- Aún pronunciando estas palabras, el signore Panna cojea hacia la puerta y baja del funicular. Marcello permanece quieto, la mirada clavada en su bufanda, en recuerdos desconocidos que ya empiezan a ser suyos.

9 minutos 30 segundos de bajada cuando ve a Claudia. Quieta. Esperando. Con la vista en el suelo y las manos en los bolsillos. Detiene el funicular. Esta vez la puerta de la cabina ha quedado demasiado lejos de la línea amarilla. A veces se divierte apostando para sí mismo, intentando calcular la distancia, cada vez más precisa. Ahora no le apetece jugar… Claudia sube hoy en el segundo viaje rumbo a la citá alta. No ocupa su sitio de siempre. Se deja caer como un saco en un asiento, al fondo, al lado de esa señora que sólo coge el funicular los días pares, siempre con su carrito de la compra y la cara tan pintada que casi parece una muñeca de porcelana. Marcello mira hacia Claudia y la saluda. Ella no le mira, no se mueve. Igual no le ha visto… Sí le ha visto. Claro que le ha visto. Pero hoy no tiene las fuerzas necesarias para “enfrentarse” a él, a su intensa mirada… No tiene el valor para decir una mentira -estoy bien- y mucho menos para hablar… En realidad las palabras se la comen por dentro y le gustaría acercarse y contarle todo eso que da vueltas en su cabeza. Pero llorará. Y entonces no podrá parar. Y no quiere… Este asiento parece mucho más incómodo que su sitio de siempre, el de la primera fila, donde no está sola. Con una punzada de dolor, entierra sus ojos en los papeles y espera que los 10 minutos pasen lo más deprisa posible. En silencio.
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Cris

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