Claudia es una chica tan delgada que parece a punto de quebrarse. Su cuerpo frágil, encogido contrasta con la luz de su mirada, con la dureza de su rostro, con lo afilado del gesto en los labios cuando sonríe cada mañana al sentarse siempre en el primer asiento, a la izquierda, con la nariz pegada al cristal. Estudia algo de letras, siempre anda enterrada en libros y papeles, carpetas, bolsas de papel llenas de recortes, apuntes, palabras... Marcello sabe que Claudia, como todos, oculta un secreto. La observa desde hace dos años tomar el funicular cada mañana en el primer viaje hacia la citá alta y regresar cuando el sol se ha apagado y la vista de la ciudad se convierte en un océano de brillos artificiales de la citá bassa. Claudia alberga sentimientos oscuros, aunque quizá no lo son tanto. Quizá es sólo la neblina que siempre cubre la ciudad la que se le ha calado en el alma y no le deja abrir las alas. Claudia no habla con mucha gente. Por eso Marcello se siente privilegiado cada vez que ella se levanta en el breve trayecto de 10 minutos, se agarra al asidero a su lado y, con la mirada en "lo infinito" le cuenta el último viaje que nunca hizo, el último libro que sí ha leído, el último deseo, la siempre penúltima decepción. -Marcello nunca tengas hijas. Somos complicadas. Nunca estamos satisfechas. La mujer es un ser incompleto no por castigo divino, sino por vocación... Nos resistimos a aceptar la vida así escuálida. Buscamos tanto que a veces reventamos por el camino. No creas que estoy resentida. Sólo cansada, infinitamente cansada.
Il signore Panna sólo tiene un abrigo y dos trajes. Uno para el frío invierno que ahora tiene a la ciudad atrapada entre sus garras, otro para el amable verano que resulta inútil y anacrónico. Desde que perdió a su mujer los trajes son aún más viejos y arrugados. El abrigo, remendado por el viejo sastre, esconde las miserias de una vida que cojea del pie izquierdo. Parece que habla solo aunque Marcello sabe que esas palabras son para ella (la ausencia, la soledad, la amada) y para él (el confidente, el reflejo, el pozo). Susurra siempre brevísimas historias que nunca acaban... -Le encantaba pintarse las uñas. Aunque no tuviera que ir a ningún sitio jamás la vi con las manos sin pintar. Cada día un color, cada emoción una tonalidad diferente de rojos, rosados, fucsias, malvas... Con el único que no se atrevió fue con el negro. Si viera ahora a esa chica delgada que siempre viaja de pie, envuelta en papeles y con la mirada perdida... Su mirada tenía el color del esmalte. Cada mañana me preguntaba cómo sería aquel día reflejado en sus ojos. Aún me lo pregunto.
Pepe
jueves, 5 de abril de 2007
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