lunes, 2 de abril de 2007

CAPÍTULO IV

Il signore Panna lleva agarrado en la bufanda todo el amor del que es capaz el ser humano... Lleva la vida ondeando al viento frío del invierno. La mirada de Marcello se ha quedado enredada en los flecos de lana de la bufanda... Hubiera querido dejarse llevar, dejar que su alma se deslizara prendida a la tinta de sus ojos y seguirlo en silencio. Hasta el cementerio. Hasta la piedra fría siempre pintada de claveles rojos, frescos cada mañana. Dejar que el murmullo de sus palabras le arrullara allí de pie, de espaldas al frío. Asistir de tapadillo al diálogo de los esposos, los reproches, los mimos, las risas y las protestas... Quedarse allí, acurrucado y colarse en el bolsillo de la chaqueta para volver a casa a descubrir su secreto... Aún no se lo ha oontado a ella. No se atreve. O tal vez no quiere que se haga ilusiones. Quizá más adelante... Si todo sigue así... Si no se equivocan...


Claudia sale disparada como un resorte desdiciendo el aspecto mortecino de su actitud en el viaje. La energía recobrada la deja posada en el empinado andén y entonces le mira. No le sostiene la mirada porque Marcello revisa los mandos, las puertas, los cierres... Tal vez le diga, tal vez le cuente... Quizás él entendería... Aprieta los papeles contra su pecho y gira hacia la torre del Duomo que guía sus pasos hacia la facultad.

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